Indecisione

"Somos de la misma materia que los sueños..."

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jueves, mayo 01, 2003

Inauguro mis aportaciones al blog con un pequeño relato que escribí hace algunos meses. Sé que probablemente no se entiende mucho, ya que el contexto, por decirlo de algún modo, no está incluido en él. No obstante, pienso que es algo importante para mí. Todo comenzó hace ya unos cuantos años. Acaba de leer los libros de Terramar, de Úrsula K. Le Guin, y estaba tan fascinada por la historia que comencé a escribir un cuento, una historia bastante simple, de una niña que quería ser maga. Por supuesto, nunca terminé de escribir ese cuento, pero no por ello la idea desapareció de mi mente. Más bien al contrario, siguió allí evolucionando, y la historia de esa niña llamada Sheldar se fue ampliando; logró su sueño, creció, y más adelante tuvo una hija llamada Esween, una guerrera conocida como la Dama Negra, pues desde la muerte de su amado siempre vestía de ese color en la batalla. Sé que es sólo una historia, y no muy buena, pero de algún modo, es algo que ya forma parte de mí. Ellas son parte de lo que soy yo, y parte de lo que quisiera ser. Este relato es una escena en la vida de Esween, mucho tiempo después, en un momento de recuerdo, reflexión y decisión. Lo dejo aquí, como un parte de mí, para quien lo quiera leer.

Otro anochecer; otro día más. En el horizonte el sol se oculta de nuevo, y como cada día, lo observo en silencio. Tal y como lo deseé en tantas ocasiones... simplemente poder contemplar el cielo en tranquilidad. Sin embargo, los deseos se van mostrando difusos con el tiempo, mientras que las inquietudes que en un principio intentamos desechar ocultándolas en lo más profundo de nuestro corazón aumentan y se fortalecen, llegándonos a producir dolor. Ahora comprendo esto como nunca antes lo había hecho, pues la creciente inquietud de mi corazón no es en estos momentos más que una obsesiva realidad.
Hace tanto tiempo... entonces todo parecía tener sentido. Fueron grandes tiempos, una época maravillosa de gran esplendor, cuando la alta torre se erguía sobre el acantilado, e incluso alguno de los grandes dragones, los últimos que aún permanecían en esta parte del mundo, la sobrevolaban recortándose en el cielo. Nunca hubiese siquiera imaginado que pudiese ser feliz alejada de un campo de batalla, pero lo era; lo éramos.
Sin embargo, me temo que esta felicidad nos cegó ante el peligro de ser atacados, y al igual que una antigua profecía había anunciado el renacimiento del Reino de Sar, un terrible enemigo había jurado destruirlo. Luchamos con todas nuestras fuerzas, primero con arrogancia, y al final con desesperación. Sólo logramos sufrimiento, y por primera vez desde que se rompiese la Gran Alianza, la verde hierba del reino volvió a teñirse con la sangre de sus hijos. La decisión no fue fácil, pero era necesaria, pues Sar no era sólo prados y castillos, sino un sueño formado por las personas que habían creído en él, personas que se enfrentaban cada día a la muerte, armados en ocasiones únicamente con su valor. Entonces lo comprendí. Sar seguiría vivo mientras sus habitantes, aquéllos que le dieron forma, lo siguiesen llevando en su corazón; era pues necesario sobrevivir. Huimos, supongo que no hay otra palabra que refleje mejor la realidad, abandonamos la lucha, las tierras de Sar, mi reino... Si mi madre me hubiese visto entonces referirme a Sar como a “mi reino” me hubiese recordado aquello de “Hay preguntas que no deben responderse ahora, pues con el tiempo hallarán su verdadera respuesta”. Tantas veces la intenté convencer de que yo no debía ser la siguiente reina... En aquella época me horrorizaba la idea de sentirme encerrada, inmóvil, mientras en cualquier otro lugar pudiese alcanzar la lucha, tal y como me pedía mi corazón. Dicen que el corazón de un guerrero nunca logra separarse completamente del deseo de la batalla; sin embargo cuando hubo que poner a prueba mi corazón en aquella decisión, sentí como éste se dividía, pues una parte de él ya permanecía irremediablemente entre aquellos muros, entre sus balcones, escaleras y chimeneas, entre el tejido de la blanca bandera que había ondeado en lo más alto de la torre y que ahora descansaba entre mis brazos. Y en ese momento, y sobre la silueta de dragón que simbolizaba el renacimiento de Sar, hice un juramento. Juré que regresaría para recuperar lo que nos habían arrebatado. Juré que no moriría hasta ver de nuevo aquella bandera en lo alto de la torre.
Resultó fácil establecerse en otro lugar, y me sorprendí al ver cómo el dolor se iba calmando, lo rápido que me acostumbraba a una vida tranquila, con la seguridad que nunca antes había conocido, la seguridad de que un día vendría tras otro, y no se producirían grandes cambios entre medias. Me sorprendí al descubrir que era feliz, pues había conservado lo más importante: el amor. Aquel amor que perdí en una ocasión y tras encontrarlo de nuevo más allá de toda esperanza, casi veo desvanecerse de nuevo.
Anochece, y aunque los largos rizos de mi cabello caen ahora como nieve sobre mis hombros, mi espada aún se mantiene ligera entre mis manos, y la inquietud de aquel juramento arde como el fuego en mi interior.
De algún modo sabía que este momento llegaría. Partiré con ellos, a recuperar el sueño en el que creen, en el que todavía creo, hacia Sar. La Dama Negra cabalgará de nuevo, y en su pecho lucirán una vez más la blanca estrella de Áraven y el dragón rojo del reino. Nunca he dejado de cumplir un juramento, y si muero en la batalla, no será hasta haber visto de nuevo la bandera ondeando en señal de victoria.