La oscuridad. Ese momento en que cae la noche, en que llega la calma, a veces deseado y sin embargo tan temido, cuando los ruidos se apagan y las luces se encienden. Esa fina línea que representa, ese estado que se sitúa entre la calma y la soledad, una frágil frontera. Nos conocimos una noche. No había estrellas en el cielo. Oscura noche de ciudad. Desde mi ventana puedo ver otras luces, pequeños recuadros de habitaciones aisladas donde otras personas caminan por la línea de la oscuridad, tal vez se refugian en su propia oscuridad, o tal vez huyan de ella camuflándose en la noche. Tal vez tengamos algo en común. Aquella noche la pasamos juntos. No había música ni bailes. Hablamos toda la noche. ¿Reímos quizá? No lo recuerdo. Una vez vi la oscuridad desde un avión. La tantas veces vista noche de la ciudad era entonces tan distinta. Como una gran constelación multicolor, parecía una verbena, una gran fiesta nocturna. Yo no estaba en ella. La observaba a lo lejos, como aquel que atisba tras un pequeño resquicio el local de la fiesta a la que no ha sido invitado. No había local aquella noche. Era un vagón de tren. No había fiesta. Nosotros la creamos. La música la formaban nuestras palabras. El baile no importaba. La oscuridad de la noche nos rodeaba, pero la fina línea de la oscuridad se quebraba por las luces del vagón, por la luz de tu mirada. Clarea en el horizonte. La oscuridad de la noche se refugia en las siluetas de los edificios. El cielo se llena de colores. Los miro fijamente, por unos instantes, como si quisiera guardar en mi memoria cada uno de los pigmentos de esa fotografía imposible. Me aferro a ese instante de madrugada, ese tímido momento en que la noche ha dejado de ser noche, y el día aún no ha despertado. Los coches no circulan por las calles, los madrugadores aún se consuelan con la ilusión de esos cinco minutos de más, las farolas todavía iluminan el regreso a casa de un posible rezagado. Y yo me aferro a ese último momento de calma. Me aferro a ti, porque temo lo inevitable de la mañana. No era verdad. Sólo era un sueño. El vagón, tu mirada, la larga conversación, pero no la oscuridad. La oscuridad era real. Llega el momento en que se aleja para rodear otras ciudades, otras personas, para resaltar pequeños recuadros aislados de luz, para acompañar tantos otros sueños. Pero me aferro a ella, porque sé que al marchar también te apartará de mi lado. Y en ese preciso instante, ese momento extraño entre la vigilia y el sueño, ese despertar cuando aún se está durmiendo, cuando la certidumbre de la verdad se nos muestra sin piedad, sólo entonces, sólo en un instante, una única frase fue capaz de escapar a la marcha de la oscuridad, de mi propia oscuridad para adentrarse en la tuya: búscame en la realidad.
Indecisione
"Somos de la misma materia que los sueños..."

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