Puede ser desconcertante atravesar un camino antes nunca conocido, no saber en qué dirección se avanza, desconociendo si se alcanzará por fin el objetivo previsto en el inicio. Y, sin embargo, no creo que haya camino más bello que aquel que por primera vez es recorrido. Aquél en el que cada pequeña cosa que surge a cada paso nos sorprende, en el que cada nuevo sonido nos sobresalta al no saber de qué se trata, en el que al doblar una esquina nunca tenemos la certeza de conocer lo que hay tras ella. Y mirar sin cesar alrededor, como queriendo recordar cada mínimo elemento que acaba de ser descubierto. Tal vez por eso, por esa soñadora parte de mi subconsciente que anhela la sorpresa, aún no he comprado un plano, pues es posible que todavía no quiera perder la ilusión de dejar al puro azahar escoger el camino a seguir en cada bifurcación. Tal vez porque así sé que si soy capaz de hacerlo os lo podré contar luego. Y tal vez, por todo eso, pueda escribir este texto. Escogí el camino recto, el que surgía frente a mí, aquel que nunca torcía y cuyo final la vista no era capaz de alcanzar. Y avancé por él, rápidamente como siempre, pero observando cada detalle, queriendo memorizar todo aquello que encontraba a cada paso, un parque, un nombre de calle, el semáforo de la derecha, el quiosco de la acera… y poco a poco cada objeto, cada parte del paisaje se iba difuminando con la cada vez más escasa luz del día, fundiéndose unos contornos con otros, y todos ellos conmigo de algún modo. La larga calle llegaba a su fin, y en ese momento pude ver lo arcos contrastados contra el cielo. Es curioso, pensaba, lo recordaba grande, ahora parecía más bien pequeño… una parte de mí temía sentirse defraudada si se rompía la imagen perfecta de un recuerdo obtenido demasiado tiempo atrás. Y, sin embargo, comencé a andar a su alrededor. Bastó un simple cambio de ángulo, unos pocos pasos más, y al fin lo contemplé tal y como era, en toda su magnitud. Es cierto, no era grande, es simplemente inmenso. Y tras completar la vuelta comencé a alejarme, de nuevo en otra dirección, de nuevo dejando que el azar me indicase el camino, pero no pude evitar detenerme, me había propuesto no hacerlo, y volver la mirada atrás, eso también me había propuesto no hacerlo, pararme a contemplarlo, y cerrar los ojos un instante para fotografiar la imagen con la memoria y guardarla allí donde los recuerdos siempre permanecen, recordando un antiguo juego infantil en otro tiempo practicado. Y olvidarme por un momento de todo lo que continuamente recordaba a lo largo del día; olvidarme del frío que hace cuando se oculta el sol, olvidarme de intentar no parecer una turista y de que posiblemente me atracarían en la próxima esquina, olvidarme de que estoy sola y de que cuando quiera contarlo ya no seré capaz de encontrar las palabras adecuadas que sean capaces de describir el momento. Y sólo en ese instante, a través una imagen justa en un momento determinado, fui capaz de encontrarle un sentido a ese porqué que me pregunto el resto del tiempo. Dicen que hay cosas que deberían ser vistas al menos una vez en la vida. No sé exactamente qué cosas son, posiblemente sean todas o tal vez sólo unas pocas. Supongo que son esas cosas que poseen la virtud de estar donde deben estar en el momento justo en que deben estarlo. Aquellas cosas que, en el más puro egocentrismo humano, parecen haber sido creadas para que, en un instante dado, alguien pueda llegar a contemplarlas. De algún modo, tal vez son ellas las que nos contemplen a nosotros, tras el paso de los años, una y otra vez, tal vez son ellas mismas las que nos indiquen que deben ser contempladas, tal vez no somos más que simples vagabundos que pasean entre los verdaderos testigos del tiempo. No lo sé, pero sí sé que ésta es una de esas cosas que deberían ser contempladas al menos una vez en la vida. Situarse ante ella, rodearla, volver la mirada y cerrar los ojos para intentar memorizar la imagen… y poder encontrar entonces el sentimiento que producen las iluminadas formas del Coliseo recortadas contra el oscurecido cielo del atardecer romano.
Indecisione
"Somos de la misma materia que los sueños..."

1 Comments:
El próximo día que me digas que no escribes bien, recuérdame que me enfade, ¿vale? :)
Precioso texto, y preciosa manera de expresar una sensación :)
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