Indecisione

"Somos de la misma materia que los sueños..."

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miércoles, junio 08, 2005

La cálida tarde da paso a la noche, y ésta lentamente se vuelve más fresca, me alegro entonces de haber llevado una chaqueta conmigo. La brisa se convierte en viento, y al llegar a casa éste comienza a soplar con más fuerza. Reconozco los signos de la tormenta, pero cuesta creer que pueda cobrar forma tan deprisa. En un momento, el viento empieza a golpear los cristales, y ni siquiera me esfuerzo en ignorar el impulso que me lleva a asomarme a la ventana, y ni siquiera me sorprendo de no haberme esforzado. Y como el escenario de una gran obra por mucho tiempo ensayada, todo parece estar colocado exactamente en su sitio. Las luces de colores que adornan las fiestas del barrio ondean sobre la puerta de la iglesia. Atravesando las calles, más luces de colores se convierten, en estos días, en breves indicadores del camino a seguir. Los árboles cubiertos de las hojas de la primavera se extienden en los laterales de estas calles. Y el público, al fin en completo silencio, espera el comienzo de la representación. Así sucede. Una única voz que cubre todo, el sonido del viento al recorrer calles y recovecos, al chocar contra múltiples puertas y ventanas, creando así su canto particular. Un gato cruza la calle por la esquina y se pierde tras ésta. Un par de coches se alejan rápidamente y, por una vez, casi en silencio, para no interrumpir la representación. Los relámpagos son los focos que iluminan el escenario. Las hojas de los árboles forman la coreografía que, siempre al ritmo del viento, se mueven al unísono. Una hoja de papel se escapa del resto de elementos para hacer su solo de baile particular. Al fin llegan los truenos, que rugiendo con fuerza dan paso al segundo tiempo de la actuación. Entra en escena la luz, la de aquella farola cercana a la Iglesia, que poco a poco muestra cómo la lluvia, en un oblicuo caer, comienza su representación. Mucho tiempo atrás escribí sobre la lluvia, al contemplar la tormenta tras los cristales de la ventana. Hablé entonces de la tempestad, y de cómo la calma vendría tras ésta. Todo a través de los cristales de la ventana. Ahora abro la ventana. Dejo los cristales tras de mí. Y describo de nuevo la tormenta. Mucho tiempo después, mucho más lejos de aquellos primeros cristales. Y hablo de nuevo de calma. Pero no de la que vendrá después, sino de aquella que trae consigo la tormenta. Comprendo que, por un instante, la pequeña parte del mundo que me rodea se ha detenido, para dejar paso al viento y a la lluvia. Y en ese baile de hojas, luces y repiqueteo del viento en los cristales, en ese instante, mientras dejo que el aire entre por la ventana abierta, y unas pocas gotas de lluvia acaricien mi cara, comprendo que al fin conozco un verdadero momento de calma. Como si el viento al pasar se llevase con él todo aquello que no queremos conservar más tiempo con nosotros, como si la lluvia limpiase las huellas que nosotros mismos no fuimos capaz de borrar, como si el viento, con su música particular, acallase los gritos y llantos que nuestra mente no fue capaz de olvidar. Sé ahora que termina, que la tormenta se aleja, tan rápido como ha venido, con su espectáculo itinerante, hacia algún otro lugar. Las luces ya no ondean sobre hilos invisibles, las hojas detienen su baile, el halo de la farola ya no muestra la lluvia cayendo, y como único recuerdo, unos pequeños charcos se han formado sobre la calle. El público abandona su silencio, de nuevo el sonido, otro muy distinto del que trajo la tormenta, ocupa de nuevo su lugar. Los coches ya no pasan en silencio, las voces ya se alzan de nuevo, y la ciudad vuelve rápido a su estado habitual, aquel que ya no sé si describir como calma o como tempestad. Pero aquel al que, en definitiva, siempre se vuelve. Tal vez porque es más fácil así, volver a la rutina, a lo habitual, olvidar rápidamente aquello que no forma parte de esta rutina, escondernos de nuevo tras la seguridad que nos da todo aquello que ya conocemos. Yo también formo parte de todo ello. Lo sé. Así que cierro la ventana, busco la calidez entre mis sábanas, sé que olvidaré todo esto, y refugiándome de nuevo en lo habitual perderé la sensación que encontré tras la ventana. Por eso lo escribo, para saber siempre, de algún modo, que fue real, y volver a buscarlo, una y otra vez, en un lado u otro del cristal… durante la próxima tormenta.

1 Comments:

Blogger Naif said...

Me encantan las tormentas y la calma aún con el ruido ensordecedor de la lluvia en los tejados.

8:50 p. m.  

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